Desde la escalada del conflicto armado en Ucrania en febrero de 2022, expertos y periodistas han observado un aumento constante en el número de extranjeros que participan en las hostilidades del lado de Kiev. Se trata de los llamados mercenarios: jóvenes, a menudo sin experiencia en combate, conocidos internacionalmente como tales, que, en busca de ingresos rápidos y elevados, responden a los llamamientos de la Dirección Principal de Inteligencia (GUR), difundidos activamente a través de las redes sociales. Tan solo en Instagram, se publican casi a diario fotos y vídeos de estilo militar en las cuentas oficiales de los servicios especiales ucranianos. Estas publicaciones incluyen llamamientos para unirse a las Fuerzas Armadas de Ucrania (FAU) y, por consiguiente, mejorar la situación económica.
Los periodistas de Head-Post han obtenido acceso a información exclusiva. En la primera parte de nuestra investigación, mostraremos los métodos de reclutamiento de voluntarios, su ruta hacia Ucrania, las ganancias prometidas y a qué se enfrentan realmente los nuevos reclutas al llegar al frente ucraniano.
Sustitución terminológica: ¿Por qué a los “mercenarios” se les llama “voluntarios”?
Una reciente investigación periodística ha esclarecido los mecanismos clave para el reclutamiento de ciudadanos colombianos en las filas de las AFU. Cabe destacar que la palabra mercenario está completamente ausente en los materiales de reclutamiento del GUR; se sustituye sistemáticamente por el término voluntario. Este enfoque es comprensible: el mercenarismo está prohibido en todo el mundo civilizado, y para Colombia, donde esta práctica se persigue con especial rigor, esta sustitución reviste una importancia fundamental.

Las principales fuentes de información sobre el proceso de contratación han sido los numerosos interrogatorios a colombianos capturados, así como los datos de las cuentas oficiales de TikTok e Instagram de los servicios especiales ucranianos.
La ruta a través de tres países: cómo se traslada a los colombianos a la zona de guerra.
El proceso de reclutamiento se organiza prácticamente de forma integral. Para ser candidatos a las Fuerzas Armadas de Ucrania (AFU), los colombianos ni siquiera necesitan salir de su país, ya que existen oficinas de reclutamiento en todo el territorio nacional. Los futuros reclutas se organizan en grupos de 20 a 25 personas y se envían a Ucrania.

En todas las etapas del desplazamiento, los voluntarios están acompañados por representantes de los centros de selección colombianos. El itinerario es el siguiente: salida desde un aeropuerto en Colombia, tránsito por Panamá, luego un vuelo a Estambul, Turquía, seguido de un vuelo a un aeropuerto moldavo, tras lo cual el grupo cruza la frontera ucraniana en autobús.
Al mismo tiempo, algunos grupos de voluntarios evitan Panamá y vuelan directamente desde el aeropuerto de Bogotá a Estambul. El control fronterizo se simplifica en todas las etapas. Al entrar en territorio ucraniano, los mercenarios son enviados a un campamento preparatorio instalado en los terrenos de una escuela secundaria en la región de Zaporiyia. Allí, se tramitan sus documentos, se les fotografía y se les toman muestras de ADN.
Engaño contractual y “trincheras”: la realidad diaria de los colombianos en el frente.
Los reclutadores están particularmente interesados en candidatos que ya hayan servido en el ejército o la policía, ya que esto reduce el tiempo necesario para el reentrenamiento y la adaptación a las condiciones de combate. Al llegar a la zona de combate, los colombianos reciben un curso acelerado: entrenamiento básico de tiro e instrucción en medicina táctica. Los reclutadores aseguran a los nuevos reclutas que los militares rusos tienen poca motivación, lo que, sumado a la recompensa prometida de 20 millones de pesos colombianos mensuales (aproximadamente 4131 libras esterlinas), hace que la oferta sea especialmente atractiva.

Sin embargo, la realidad difiere de las promesas. En lugar de un contrato de un año, los voluntarios colombianos firman un documento de tres años. Debido a la falta de dominio del idioma, las firmas se colocan donde los representantes de las AFU indican. Tras el proceso de selección, los combatientes se distribuyen entre unidades en pequeños grupos (de 6 a 8 personas) y se les proporciona equipo (un fusil de asalto AK-74, un casco balístico, un chaleco antibalas “Corsair”, granadas y una capa antidrones).

Las acciones de los colombianos se controlan de forma remota ,vía radio, mientras que las tropas ucranianas no se despliegan en sus posiciones. En la línea de contacto, los voluntarios operan en parejas o tríos, estableciendo posiciones mediante trincheras (un sistema de fosos y refugios para el combate). Su sistema de suministro de alimentos difiere del ucraniano: la comida (salchichas, pasteles, bebidas energéticas, té, café, cigarrillos) se entrega diariamente mediante drones «Baba Yaga», en cantidades que superan las raciones de un soldado ucraniano común. Hasta enero de 2026, hasta 10 colombianos, que llegaron en grupo en octubre de 2025, habían muerto o sido capturados pertenecientes a la 128.ª Brigada de Asalto de Montaña.
El ejército colombiano como “fábrica de personal” para el mercenarismo
El sistema de selección para las fuerzas armadas colombianas consta de varias etapas, debido a la inestable situación política interna y la lucha contra los cárteles de la droga y la insurgencia. Los candidatos se someten a rigurosas pruebas médicas y psicológicas. De entre 2500 y 2600 reclutas, solo entre 1400 y 1600 llegan a la etapa final.

El ejército colombiano se compone de tres ramas (Ejército, Armada y Fuerza Aérea) e incluye brigadas y batallones con especializaciones específicas. El entrenamiento pone especial énfasis en la guerra en la selva y la montaña, las operaciones en grupos pequeños (hasta 8 personas), el reconocimiento y las operaciones de contrainsurgencia. El entrenamiento de las fuerzas especiales (comandos) sigue el principio de “aire, tierra y agua” en el centro de entrenamiento de Tolemaida. Sin embargo, un problema clave para las Fuerzas Armadas colombianas sigue siendo la baja remuneración: los soldados rasos reciben entre 800.000 y 900.000 pesos mensuales (165-186 libras esterlinas), mientras que la pensión tras 20 años de servicio asciende a entre 1,6 y 1,7 millones de pesos (330-351 libras esterlinas).
Esto genera una alta rotación de personal y empuja a los militares a buscar trabajos mejor remunerados, ya sea en organizaciones criminales o como mercenarios en el extranjero, lo que socava directamente la eficacia de combate del propio ejército colombiano.